Colegio oficial de arquitectos de Galicia - Delegación Lugo

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26/05/2012 | Revista de prensa

EL PAIS. ENTREVISTA A DANIEL LIBESKIND.

El ganador del proyecto para reconstruir la ‘zona cero’ de Nueva York cuenta el giro radical de ese barrio y de su propia vida a raíz de lo que ya es la torre más alta de Manhattan.

One World Trade Center, el rascacielos que resucita la zona de las Torres Gemelas, ya es el edificio más alto de Manhattan. El año que viene, después de enormes dificultades, alcanzará los 541 metros de altura y es el proyecto más famoso de Daniel Libeskind (Lodz, Polonia, 1946). También es el que más ha cambiado su vida. De ser un arquitecto que con 52 años no había construido, pasó a hacerlo por medio mundo: Hong Kong, Varsovia, Berlín, Milán, Singapur, Dublín, Dresde… Con el premio llegaron las críticas, un huracán mediático que vigilaba con lupa tanto el inmueble como el corte de pelo de su autor y a punto estuvo de agotar a un optimista empedernido como él, niño inmigrante e hijo de supervivientes del Holocausto que hoy reivindica su triple nacionalidad: norteamericana, israelí y polaca. Con todo, esos años difíciles también trajeron fama y trabajo.

Cerca de Milán, donde Libeskind construye un nuevo barrio, el arquitecto, ataviado con chaqueta de cuero y gafas de pasta oscura, acaba de dar una conferencia ante cientos de jóvenes en el laboratorio de la empresa Italcementi, un edificio de Richard Meier, un proyectista para el que Libeskind trabajó seis días –“el tiempo más largo que he conseguido trabajar para alguien”–. Autor de edificios complejos, sorprende la claridad de su mensaje, que ha entusiasmado a un público que aplaude durante dos minutos. Sus ideas son contundentes. Invitan a perder el miedo. Citando a Heráclito, ha concluido asegurando que “si no esperas lo inesperado, no lo verás cuando llegue”. Él, ciertamente, parece haber conseguido verlo.

¿Cuántas vidas ha vivido en la última década?

Tiene razón, he vivido muchas vidas. Soy una persona intensa, pero la última década sería imposible de describir y difícil de creer. Crear un nuevo barrio en Nueva York ha sido un proceso político, emotivo y económico. Incluso si al final solo he construido un edificio, allí se aglutina memoria, futuro, infraestructura y simbolismo. Es uno de mis trabajos más difíciles y, por supuesto, uno tiene que ser un corredor de fondo para enfrentarse a algo así.

Y usted lo es.

He debido serlo. Siempre he recibido muchos palos de la crítica. Estoy acostumbrado a escuchar intereses distintos a los míos y muchas veces he aprendido de ellos, pero al final ni tú puedes ser kamikaze ni ellos destructivos. Los neoyorquinos por fin se dan cuenta del espacio público que van a tener. No solo como plaza urbana, también como símbolo de unión y recuperación de la gente de esa ciudad. Es un proyecto iluminador para el Nueva York del siglo XXI. Tras los ataques de 2001, uno de los peligros era que el barrio se convirtiera en un lugar pesimista. Sin embargo, hoy vive allí el doble de gente que cuando las torres fueron destruidas.

¿Qué ha hecho posible ese cambio?

Hay nuevas escuelas, nuevas infraestructuras. Durante muchos años, Wall Street ha sido una zona de negocios. La gente no vivía allí. Ahora muchos quieren hacerlo. Con tres edificios terminados, el barrio revive.

¿Se trata de un ‘boom’ inmobiliario o de una cuestión de orgullo?

Hay edificios de oficinas que se están transformando en viviendas. Eso solo puede decidirlo la demanda, y la demanda es la gente. Pienso que se trata de plantarle cara a la adversidad, de hacerse fuertes cívicamente. Eso no quita que, como resultado, el precio de los edificios empiece a ser más caro allí que en el corazón de Manhattan. La gente quiere estar allí. Es un lugar positivo.

Usted define la Torre Liberty como más emotiva que perfecta. ¿Está haciendo autocrítica?

Soy realista. Sin embargo, estoy muy orgulloso de mi proyecto. Está muy cerca de lo que yo diseñé. La gente implicada –los inversores, los vecinos y los políticos– ha buscado un fin común. Hay unidad en la ambición, en las ideas, y debe haberla en la arquitectura del barrio. Eso es una arquitectura democrática.

Usted creció no lejos de allí. Cuando, desde el Bronx, visitaba a su padre en la imprenta en la que trabajaba, Yamasaki construía las Torres Gemelas.

Así es. Yo estaba en el instituto cuando comenzaron a levantarse.

¿Cómo recuerda su desembarco en Nueva York en 1959?

Con emoción. Eso sí que cambió mi vida. Seguro que fui uno de los últimos inmigrantes que llegaron en barco. Ver acercarse la ciudad desde la lejanía es una gran recompensa. Y una gran metáfora. América era entonces el territorio ideal para un inmigrante, y nosotros disfrutamos de esa oportunidad. No fue fácil. Mis padres renunciaron a sus profesiones y buscaron trabajos en fábricas. Pero los encontraron y empezaron a mejorar. No había otra opción. Mi padre perdió a toda su familia menos a su hermana. Uno que ha pasado por eso solo quiere huir, poder empezar de nuevo. Cualquier cosa hubiera sido mejor, pero además América era un sueño. Ha sido un sueño permanente para los inmigrantes de medio planeta. No tengo recuerdos difíciles de mi adolescencia. Al recordar ese tiempo, mi hermana y yo siempre nos hacemos la misma pregunta: ¿por qué era la gente tan amable con nosotros?

¿Por qué cree?

Creo que es el carácter americano. Podrán ser naives, pero también son generosos. Como inmigrante, uno está preparado para afrontar dificultades, pero allí, y entonces, todo fue fácil. Pienso que es porque EE UU es un país de inmigrantes. Todavía hoy, en Manhattan, cuatro de cada 10 personas lo son.

Eso es justamente lo que alegó cuando le acusaban de no ser el candidato idóneo para levantar el nuevo World Trade Center a pesar de que hubiera ganado el concurso.

Claro. Entonces dijeron de todo sobre mí: que si mi inglés no era perfecto, que si había cambiado mi forma de vestir… De todo. Pero ya pasó.

¿Hablaba inglés cuando desembarcó en 1959?

Ni una palabra. Ninguno de nosotros. Mis padres siempre hablaron con acento y mezclando palabras.

Sus padres fueron auténticos supervivientes. No solo al Holocausto, también pasaron por campos de concentración en Siberia.

Mi hermana nació en Siberia, y cuando mi madre pudo salir del Gulag, quiso regresar a Polonia al enterarse de que estaba embarazada de mí. Le costó un viaje de ocho meses regresar del Kurdistán, y justo cuando llegó a Lodz y supo que no quedaba nadie de su familia porque todos habían muerto nací yo. Puede poner que nací en un hospital, pero debería escribir hospital entre comillas.

¿Qué le ha enseñado esa vivencia?

Que en la vida necesitas dos cosas: perseverancia y espíritu. Sin eso te hundes. Yo lo obtuve del ejemplo de mis padres. Y de mi propia vida. He vivido la opresión por ser judío y por no ser comunista. Toda la opresión del mundo se parece, revela el miedo a enfrentarse a otras formas de pensar.

Sus tres hijos han crecido viajando por el mundo. ¿Cómo les ha transmitido a ellos la lección de sus padres?

Creo que viajar y no tener la estabilidad de la mayoría de los niños –asistiendo siempre al mismo colegio y estudiando en el mismo idioma– los ha convertido en personas interesantes. Entienden que la vida no es quedarse siempre en el mismo sitio y que en el mundo hay más cosas que unen a la gente de las que pueda parecer. Es bueno ver cómo viven y piensan los demás.

¿A qué se dedican?

Lev es egiptólogo, pero también ha estudiado Empresariales y habla italiano. Ahora trabaja conmigo en Milán. Noam es astrofísico, investiga el origen del universo, y la pequeña, Rachel, es pintora. Ha terminado justo ahora sus estudios en Harvard y es artista. Todos son gente abierta de mente.

A usted le costó mucho convertirse en arquitecto. Levantó su primer edificio, el Museo Judío de Berlín, con 52 años. ¿Por qué le resultó tan difícil?

Elegí un camino distinto. Y he sido afortunado. Nunca trabajé para nadie.

Creía que había trabajado con Richard Meier.

Seis días. Lo encontré todo demasiado ordenado. Faltaba riesgo y sobraba rutina. Para mí, la arquitectura debía ser un laboratorio de ideas.

¿El riesgo que busca en la arquitectura es un espejo de su vida personal?

Claro. Todo es biográfico. Y todo el mundo se arriesga, incluso los que creen no hacerlo: vivir es un riesgo. El mundo se encarga de recordarlo continuamente. No se trata solo de riesgos financieros. Vivir es arriesgar. El lado negativo del riesgo es el miedo. Pero también tiene uno positivo: el reto. Y yo trato de trabajar ese lado.

¿Estaría preparado para empezar de nuevo?

Espero que sí. He hecho ya muchos edificios. Tengo experiencia en bastantes cosas. Pero no soy un experto en nada y eso invita a reinventarse. Trato de descubrir cosas nuevas en todo lo que hago. Ahora mismo construyo en Seúl un barrio con seis rascacielos en el corazón del centro histórico. Busco una megadensidad capaz de aportar una atmósfera cultural.

¿Qué hace su arquitectura deconstructivista por mejorar el mundo?

La arquitectura es construcción. De modo que la palabra deconstructivismo es ambivalente, puede que buena para hablar de filosofía o literatura, pero ambigua al hablar de edificios. No se trata de destrozar el mundo, sino de proponer otras maneras de vivirlo. La etiqueta no me gusta, pero entiendo que puede servir para describir un espíritu. La exposición Deconstructivismo en el MOMA de Nueva York quería comunicar un cambio de actitud y un alejamiento del orden moderno. Para eso sirvió, para deconstruir la historia, no los edificios.

Su primer edificio, el Museo Judío de Berlín, le convirtió en un experto en museos judíos. Ha firmado el de San Francisco, el de Copenhague. ¿Se debe conocer los temas de primera mano?

Supongo que es clave tener una idea de lo que significa ser judío en el mundo. No se trata solo de hacerlos por el hecho de ser judío, se trata de pensar en las implicaciones de las cosas: el significado del Estado de Israel o las historias de cada lugar. En Dinamarca, los daneses ayudaron a salvar muchos judíos enviándolos en barquitas a Suecia, por tanto, la historia que cuenta ese museo es positiva. La noción de lo judío es amplia. Por lo demás, los diez mandamientos me parecen más convincentes que la Declaración de Derechos de la ONU.

Usted hace una arquitectura poco ortodoxa y, sin embargo, necesita que todo el mundo le entienda. Sus conferencias son muy claras.

La arquitectura es un arte público. Tiene responsabilidades públicas. Un escritor puede permitirse el silencio. La arquitectura debe tener conciencia de ser pública.

¿Todavía toca el acordeón?

No.

¿Por qué? Llegó a ser un virtuoso…

Le puede parecer metafórico, pero practico la música en la arquitectura. La arquitectura es muy musical.

¿Por qué eligió el acordeón?

Él me eligió a mí [Libeskind repetirá esa fórmula varias veces a lo largo de la entrevista. Asegura que el tipo de arquitectura que hace le eligió a él, y no al revés, y lo mismo razona de sus circunstancias vitales]. Yo quería tocar el piano. Pero mis padres tenían miedo de que los vecinos vieran cómo metíamos un piano en casa. El ambiente en Polonia era hostil. De modo que mi padre apareció con “un piano en una maleta”. Eso es un acordeón.

Nadie en su familia podía tocar un instrumento, pero a usted le sirvió para conseguir una beca que le permitió estudiar.

Sucedió luego, en América. Y fue el doble premio de la música. El jurado me premió y me instó a que aprendiera piano, pero… mis manos se habían acostumbrado a tocar en vertical…

¿Aprenderá alguna vez a tocar el piano?

Bueno… Si tuviera 95 años, le diría que seguro que no, pero… tengo 66. Tengo tiempo. Creo que en la vida puedes hacer y aprender cualquier cosa que te propongas en cinco años. Ese es el plazo. Por eso los Gobiernos se dan ese tiempo.

¿Ganar el proyecto para levantar el nuevo World Trade Center le ha cambiado la vida?

Sin duda. Para bien y para mal. Durante unos años viví bajo una lupa. Todo lo que hacía o decía salía en la prensa. Toda mi vida era pública. La gente relacionaba el proyecto no con la arquitectura, sino con la personalidad del arquitecto. Y eso es peligroso y agotador. Claro que cambió mi vida. Dejar de ser anónimo exige un precio altísimo. Pero también me abrió muchas oportunidades para construir por el mundo.

Profesionalmente es un arquitecto cosmopolita, ¿personalmente es también así?

No me gustan mucho las fiestas ni los acontecimientos sociales. No hago networking. Por cada hora de trabajo busco tener tres con la gente que quiero. Prefiero cenar en casa. Me gusta hacerlo en la cocina, con mi mujer, sobre una vieja mesa que solo cambiaremos cuando se estropee.

¿Ese trato con las pertenencias es una cuestión de principios?

Es una lección de mi padre. Él tenía un par de zapatos, pero parecían siempre nuevos por lo bien que los cuidaba. Yo soy bastante así.

Le gusta tanto cenar con su familia que creo que declinó una invitación de la reina de Inglaterra.

Completamente cierto. Me tomaron por loco, pero no me arrepiento.

¿La reina le volvió a invitar?

Pues no. [Risas].

¿Tal vez decidió no asistir a Buckingham Palace porque estaba disgustado al no poder construir la ampliación del Museo Victoria & Albert de Londres?

No, no. Simplemente me gusta quedarme en casa. No me entristece no construir edificios. Muchos de los edificios que han tenido mayor impacto en la historia de la arquitectura nunca se han construido. Claro que duele no poder levantarlos, pero aprendí mucho haciendo ese proyecto. Nunca podría haber diseñado obras posteriores como los museos de Denver o Toronto sin haber dibujado ese.

Nina Lewis, su mujer, se convirtió en su socia en 1989. ¿Se puede compartir todo?

Si Nina no fuera mi socia, mañana lo dejaría todo. No es la mujer detrás del hombre. Está a mi lado. O en todo caso delante. No es arquitecta, pero no tiene un campo acotado en la oficina. Ella es el alma del despacho. La que tiene las ideas. Con 14 años se responsabilizó de la oficina de su padre, uno de los fundadores del Partido Laborista en Canadá. Llevó su campaña. Está acostumbrada a trabajar muy duro.

¿La arquitectura es tan dura como la política?

Sin duda. Por eso no me canso de reconocer el papel de Nina como mi socia. Seguramente a usted misma no le hará falta que le hable de la discriminación que sufren las mujeres. Pero en el mundo de la arquitectura eso es incluso peor. Por eso sorprende que en nuestras reuniones ella hable. Habla como profesional, pero se empeñan en escucharla como esposa.

¿Sus padres viven?

Mi madre murió hace muchos años. Digamos que me vio con otra luz. Pero mi padre pudo asistir a la inauguración del Museo Judío de Berlín. Era un anciano y fue emocionante. El canciller Gerhard Schröder se arrodilló cuando él le explicó que había sido un joven socialista. Está claro que Alemania ha cambiado mucho. Hasta el punto de que después construí un museo militar en una ciudad tan conservadora como Dresde.

Parece un optimista. ¿Lo es de verdad?

Es fundamental para sobrevivir. Un pesimista puede ser escritor, pintor, músico, pero no arquitecto.

Usted ha cambiado mucho como persona. ¿Dejará que su arquitectura también cambie?

Lo que hago es parte de mí, de modo que supongo que sí.

¿Espera ganar el Pritzker?

Creo que fue Dvorak quien advirtió: “Ten cuidado con convertirte en un artista de tu tiempo”. Me gustan los premios, pero no confío en ellos. Piense en el Nobel de Literatura. Ni Joyce ni Proust ni Kafka ni Borges lo tuvieron. El mayor juez es la posteridad.

EL PAIS (20.05.2012). ENTREVISTA A DANIEL LIBESKIND.

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